Ignacio Andrés nació en 1901, bautizado con al menos dos nombres como todo hijo de buena cuna, era un niño común y corriente de clase media, cuando la clase media estaba aun bien definida, vestía siempre camisa y pantalones cortos con tirantes y al salir a la calle una gorra era infaltable por supuesto, como debía vestir todo caballerito.
Vivía en la elegante avenida Alfonso Ugarte, lugar en el que solía verse pasear a algunas damas y caballeros de la distinguida sociedad limeña de aquel entonces, pero pese a la elegancia y pulcritud de sus prendas Ignacio Andrés poseía un alma aventurera y curiosa que no conocía de cuidados ni etiquetas debido a su edad, nueve años, en suma poseía un alma de niño como debía ser.
Tenía varios amigos con los que solía reunirse para jugar pero con el que llevaba mejores migas era con el hijo de un antiguo amigo de su papá, Antonio, su confidente y uno de esos niños que por afinidad de caracteres suelen convertirse en el mejor amigo, amigo para toda la vida, con él y otros más se reunían para jugar, correr, gritar, o como se decía “mataperrear”, frecuentemente decían a sus padres ir a casa de uno de ellos que vivía unas cuadras más allá de la casa de Ignacio, lo cual por cierto era falso, valga la contrariedad, el verdadero destino bajo ese argumento era siempre escaparse a las orillas del río Rimac que corría transversal a la última cuadra de la Avenida y aunque llegaban directo estaba algo lejos de la casa de todos ellos, lejos para lo que era Lima en ese tiempo, aquel río casi marcaba el lindero de la ciudad, poseía unas aguas algo turbias que corrían con mediana fuerza arrastrando piedras de canto rodado que le daban la particularidad de un sonido semejante a un murmullo, razón por la cual se le llamaba “el río hablador”. Los mayores atractivos que tenía este río para los niños eran principalmente dos, por un lado estaban los camarones que abundaban en él y que intentaban pescar, previo descalzado, casi siempre con resultados infructuosos a diferencia de algunos pobladores de menores recursos para quienes aquel crustáceo se había convertido ya casi en parte de su dieta diaria y otros más de igual condición pero que dedicaban el fruto de su faena para la venta ya sea ambulatoria o en los mercados, por otro lado, entre los atractivos que ofrecía aquel río a los niños, cuando las aguas se hallaban bajas, estaba la arqueológica afición por buscar monedas de la época de la colonia, lo cual no era demasiado difícil en ese entonces, no era raro que la mayoría de amigos de Ignacio tuviera una aunque estuviera ya casi ilegible y deteriorada, las comparaciones entre sus hallazgos era casi una rutina. Solo dos niños de aquel grupo no habían tenido suerte en aquellas búsquedas, uno de ellos era Ignacio. Uno de los niños del grupo a quien apodaban “reloj”, porque solía acertar la hora con bastante proximidad era el encargado también de percatarse cuanto tiempo había corrido desde que salieran de casa y cuando era ya el momento de regresar antes que sus padres se dieran cuenta que no se encontraban en casa de ninguno de ellos.
- ¡HOORAAAA!
Una de las cosas que a Ignacio le maravillaban eran esas carrozas sin caballos llamadas automóviles, que muy rara vez aparecían por la avenida, carrozas que increíblemente se movían solas sin ningún animal que tirara de ellas o las empujara eran como trenes pero sin maquina de vapor o caldera, o como tranvías pero sin tendido eléctrico, y mejor aún no tenían un riel que los limitara, eran como carrozas movidas por fantasmas, generaban su propio movimiento, era maravilloso.
Algo curioso que siempre recordaría Ignacio fue cuando a esa edad, en Abril de 1910 y durante unos días se observó el cometa Halley, en aquella ocasión la gente se persignaba en las calles, otros hincados pedían perdón por sus pecados y algunas mujeres lloraban, no era para menos, según se decía aquella inmensa bola naranja que se veía más grande que el Sol se estrellaría destruyendo nuestro planeta. Al cabo de unos días aquel cuerpo incandescente que entonces se calculó de un diámetro de un millón de kilómetros y una cola de treinta, acabaría por alejarse convirtiéndose en una pequeña luz que desaparecía habiendo arrancando confesiones a algunos limeños que quisieron expiar sus culpas liberando cargas, algunas de las cuales pasado el susto, hubieran preferido seguir cargando.
Pero Ignacio era ajeno a esos temores, un alma limpia era su garantía, su mayor temor empezó en realidad a los 15 años con su primera y única pieza dentaria picada de manera terrible, hubo de recurrir al dentista para la única solución que la ciencia había encontrado para ello, extraer la pieza dañada y a pesar de los intentos de aplacar el dolor por parte del galeno, Ignacio sintió bien claro la arrancada del diente en especial por ser este una muela. Pero se podía decir que su infancia fue feliz y dulce, como los inigualables y variados dulces limeños incluida la “Revolución Caliente” contenida en empaquetados de papel y que como recitaban los pregoneros era música para los dientes... hasta que había que ir al dentista.
A sus quince años Ignacio era un adolescente común y corriente, regresaba del colegio casi siempre acompañado de su amigo Antonio que por suerte para él, para ambos, estudiaba en el mismo colegio lo cual reforzó aún más sus lazos amicales. Siempre había algo que comentar en el camino de regreso aunque no este no fuera muy largo, en muy contadas oportunidades Ignacio regresaba sólo, ya fuera porque uno de los dos se enfermó y no pudo ir a clases, lo cual por supuesto comprometía implícitamente al otro a llevar sus cuadernos donde el enfermo, o ya fuera por aquella única vez en que ambos discutieron por una tontería y evitaron sentarse en el mismo pupitre doble y regresar a casa al mismo tiempo dado que tenían el mismo obligado camino por ser casi vecinos, pero aquello duró solamente tres días, al cuarto intercambiaron unas cuantas palabras y al quinto eran de nuevo los amigos inseparables, “uña y carne” como decían sus madres, fue en uno de esos pocos días en que regresando solo vio a una preciosa adolescente de hermosos ojos negros que contrastaban bellamente con una tez blanca algo palida –una muñeca de biscuit- se dijo Ignacio, sus ondulados cabellos azabaches parecían solo resistir momentáneamente el peinado que llevaban antes de tomar nuevamente su estado natural, el la vio y boquiabierto la siguió con la mirada, cuando ella se empezó a alejar los pies de Ignacio la empezaron a seguir casi sin tomar conciencia él de esto, no podía perderla de vista, la vio doblar la esquina y de pronto él se encontraba casi corriendo para no perderla, al tenerla nuevamente a la vista desaceleró el paso y se mantuvo tras ella separado por menos de media cuadra, deseaba ver donde se detendría, donde entraría, quizá donde vivía, ella se detuvo en una de las casas de la última cuadra del bellamente adornado Paseo Colón, tocó la puerta, Ignacio desacelero sus pasos y camino casi como paseando, una mujer se asomó desde una ventana del segundo piso y rápidamente se metió, la bella muchacha esperaba en la puerta a que le abrieran, volteó distraídamente y vio a Ignacio, se lo quedo mirando con aquellos hermosos ojos negros muy abiertos, mientras este casi boquiabierto hacia lo mismo, hubo de pronto una especie de conexión más allá de la visual, la puerta se abrió y ella reaccionó un segundo después para voltear a ver el escalón que debía subir, él estaba a unos cuatro metros cuando ella entró a la casa y la perdió de vista, él avanzó rápido y cuando pasó por su puerta ella aún esperaba apenas pasando el umbral y sosteniendo la puerta como para cerrarla, se miraron nuevamente por un par de fugaces segundos en los que él sabía que no sería correcto detenerse y al final de los cuales ella cerró la puerta sin dejar de mirarlo. Ignacio no pudo entender lo que experimentó pero definitivamente era la primera vez que sentía algo así, tan intenso. Llegó a su propia casa sin darse cuenta, solo vió el rostro de ella que había quedado grabado en sus pupilas. Fue algunos minutos después cuando descubrió que aquel extraño sentimiento le había quitado el apetito pese a tener al frente el delicioso Ají de Gallina que su madre preparaba, veía a Don Manuel, su padre, y a Gonzalo su hermano, el cual era mucho mayor que él, conversando y luego levantándose de la mesa al acercarse su madre a sentarse a seguir comiendo, - Ignacio, levántate- le dijo su padre, la tertulia siguió con ella mientras él masticaba lentamente el mismo bocado de comida que tenía desde hacía buen rato.
Al día siguiente Ignacio se levantó más temprano que de costumbre para ir al colegio, apuró el desayuno y salió sin poder explicar creíblemente a sus padres el porque de aquel extraño comportamiento, corrió con sus cuadernos bajo el brazo hasta la cuadra del frente donde vivía la joven, esperó ahí durante un buen rato a que ella saliera, no sabía que haría después, los minutos pasaron y su hora de entrada a la escuela ya corría más ella no salía, sabía muy bien que habría una fuerte recriminación de su padre si se enteraba que él había llegado tarde, preguntó la hora, el tiempo había corrido rápido y él ya estaba definitivamente con un retraso aunque leve, miró por ultima vez la puerta de ella y corrió hacia la escuela, las horas de clase se hicieron interminables, pasaron mucho más lento que nunca, los profesores movían los labios y señalaban la pizarra mientras él sólo esperaba el timbre de salida, por supuesto aquel encuentro necesitó ser contado a su mejor amigo quien lo acompañó cuando salieron de clase en su desvió de ruta, pero al igual que en la mañana la espera fue infructuosa pese a que se encontró en la cuadra de ella casi a la misma hora del día anterior cuando la vio. Su amigo le hizo ver que no hacía ya nada allí y con una extraña tristeza Ignacio regresó a su casa.
Durante un par de días la escena se repitió tanto al salir de su casa para ir a la escuela como al regresar, Ignacio pensó que quizá aquella muchacha no vivía ahí y que únicamente estaba ese día de visita cuando tuvo la suerte de verla. Empezó a resignarse y solo espero a tener la suerte de volverse a cruzar con ella hasta que un día regresando con su amigo reconoció el cabello de ella a lo lejos
- ¡Es ella!, ¡ Es ella! – dijo Ignacio
- ¿Quién?, ¿Qué?, ¿La chica que te gusta?
- ¡Sí, sí!
Ignacio apuró la marcha y su amigo Antonio debió hacer lo mismo
- Ese es el uniforme del Externado de Señoritas –dijo el amigo
- ¿Cuál?
- Sólo hay un externado cerca pues bobo, el de La Virgen de la Bendita Medalla
- ¿Seguro? –preguntó Ignacio
- ¡Caray!, ¡Claro!, la amiga de mi hermana estudia ahí, por eso te digo que ese es su uniforme
- Vamos más rápido, si la alcanzamos
- Vaya, si que debe ser bonita
- Espera a que veas su cara, vas a ver que me quede corto con lo que te conté.
Ella dobló la esquina tal como lo hiciera la vez anterior pero esta vez estaba más lejos de Ignacio que entonces, los muchachos aceleraron el paso pero cuando doblaron la esquina ella ya estaba llegando a la casa, al detenerse ella Ignacio tuvo la esperanza que volteara y lo viera, la puerta se abrió y ella entró, esperó que ella aun estuviera en la puerta como la otra vez pero al llegar ellos la puerta estaba cerrada.
Desde entonces Ignacio se despedía de su amigo después de acompañarlo hasta su casa y luego se alejaba de la suya propia algunas cuadras hasta el Paseo Colón para luego regresar, aquello se volvió casi una rutina por varias semanas, tanto como la mala suerte de no verla nuevamente.
Los fines de semana los muchachos se seguían reuniendo con sus demás amigos para ir a mataperrear o jugar en la tarde, incluso algunos días útiles siempre que no les hubieran dejado mucha tarea para la casa. Aunque últimamente los juegos iban dando lugar a tertulias propias de adolescentes.
- Señora Buenas Tardes, ¿se encuentra Ignacio? – preguntaba Antonio, aunque la pregunta en realidad significaba: ¿puede salir? –
- Hola Toñito, un momento voy a pasarle la voz, pero pasa hijo
- Gracias
- ¿Cómo esta tu Mamá?
- Bien, gracias
- Dale mis saludos. Voy a llamar a tu amigo
Aunque ambos amigos se veían todas las mañanas en el salón pero era entendible que se visitaran unas horas más tarde y luego se reunieran con otros dado que en aquel tiempo no existía televisión para robarle horas a un muchacho y la radio salvo por las radio novelas de suspenso no lograban mantener por mucho tiempo la atención de un niño o un joven que intentaba descubrir el mundo de una manera más dinámica, más viva, aunque esta fuera a través de la información que intercambiara con sus amigos.
Doña Marcela, la madre de Ignacio era una mujer muy dulce pero también muy estricta cuando de los deberes escolares de su hijo se trataba
- Nacho te busca Toño
- Sí, ahorita salgo
- Pero veo que estas haciendo tareas
- No, es poco ya acabo
- No hagas las cosas a la loca por salir, mejor le digo a Toño que...
- No Ma, mira solo me queda esta pregunta
- ¿Y no hay otras tareas de otros cursos?
- No, de verdad, con esto termino
- Ya voy a decirle que te espere un rato
Pocos minutos después salía Ignacio mientras su madre regresaba al cuarto para revisar rápidamente todos los cuadernos, su hijo ya dejaba de ser un niño y no quería que pensara que no confiaba en él.
- Oye Beto encontró una moneda – dijo Antonio obviando el saludo-
- ¿Si?, ¿cuándo? –preguntó asombrado Ignacio?
- Ayer en la tarde, se fue con sus hermanos mayores y estuvieron buscando hasta que anocheció, cuando ya estaban por irse Beto vio brillar algo al lado de una piedra, casi debajo y cuando se acercó se dio con que era una moneda, estaba mohosa, dice que si no fuera por que había luna llena nunca la hubiera visto brillar, en realidad la oscuridad debe haber ayudado también a que resaltara
- Ayer en la tarde, se fue con sus hermanos mayores y estuvieron buscando hasta que anocheció, cuando ya estaban por irse Beto vio brillar algo al lado de una piedra, casi debajo y cuando se acercó se dio con que era una moneda, estaba mohosa, dice que si no fuera por que había luna llena nunca la hubiera visto brillar, en realidad la oscuridad debe haber ayudado también a que resaltara
- ¡Que suerte!, o sea que ahora yo soy el único del grupo que nunca encontró nada
- No digas nunca, quizá algún día
- Pero tu mismo has visto que últimamente ya nadie encontraba nada
- Bueno en verdad Beto si ha tenido bastante suerte. Vamos a su casa para que la veas
- ¡Si Claro!, vamos
Ya en casa del otro amigo Ignacio examinaba la moneda que había sido limpiada y que se encontraba en un estado regular, similar a las otras que poseían el resto del grupo
- Regresé ahora en la mañana para ver si encontraba otra y estuve moviendo las piedras cercanas y excavando en ese lado pero no hay nada – contaba Beto –
- Entonces ¿no fuiste al cole hoy? –preguntó Antonio-
- No, ójala no se enteren en mi casa
- Que suerte – dijo Ignacio – que suerte
- Claro, además encontrar una moneda trae también buena suerte –dijo el propietario de esta- y si es tan antigua quizá mucho más
- Imagínate a Rolando que tiene tres de estas –dijo Antonio-
- Si, él ya tenía dos cuando nos conocimos de niños –dijo Beto- antes se encontraban más fácil me dijo
- Que suerte –repetía Ignacio sin dejar de examinar la moneda tratando de leer algo en sus escasos relieves – que suerte...
A los dieciséis años Ignacio empezaba a tomar interés por lo que sucedía en otros lugares mucho más allá de su ciudad, el hundimiento de la nave peruana “Lorton” por parte de un submarino alemán en aquel verano de 1917 y el rompimiento de relaciones diplomáticas del Perú con aquel Imperio le hicieron tomar conciencia de los alcances de aquella gran guerra, empezó a preocuparse por lo que sería su propio futuro, sus días de escolar ya casi terminaban, aunque en su salón los demás parecían más preocupados en los preparativos para el viaje y la fiesta de promoción. Su padre le había propuesto estudiar Administración de Empresas y Negocios como él, y a Ignacio nunca le había parecido mala idea, aunque lo normal para la época era ser algo estricto en la formación de los hijos, se notaba que a aquel hombre le costaba serlo y no temía ser cariñoso con todos los miembros de su familia, razón por la cual Ignacio no solo lo respetaba y admiraba, sino que lo quería, decidió que seguiría el consejo de su padre y por tanto sus pasos, además el titulo de Administrador de Empresas y Negocios le sonaba bien.
A los diecisiete años Ignacio era un recién ingresado estudiante de la Facultad de Negocios, sus prioridades eran ya otras y su escaso tiempo libre aprovechado de manera distinta a la de su época de escolar, por otro lado su amigo Antonio empezaba a frecuentar a una muchacha de la que había quedado prendado y las visitas a ésta, siempre con autorización de los padres de ella por supuesto, hacían que las reuniones entre ambos amigos se hicieran cada vez menos frecuentes, cada uno empezaba a tener sus propios intereses y por tanto cada uno iba haciendo un camino distinto al otro, tanto como los que tenían ahora para regresar a casa.
Ignacio por su parte empezaba a fijarse también en una agraciada joven, de nombre Malena, que aunque no le quitaba el sueño, como el recuerdo de la bella Lorena, si le parecía agradable por su trato y encantadora sonrisa por lo que empezó a pedir autorización a los padres de ella para visitarla, solo le costaba acostumbrarse a la presencia de ambos que simulando estar distraídos en alguna lectura permanecían en la sala durante toda la cita, esto hasta que un año después le permitieron salir a pasear con ella, gracias a que al padre de ella le gustó la opinión de él acerca del reciente final de la Gran Guerra : - Después de todo este sufrimiento que el mundo hubo de conocer, los millones de vidas perdidas y familias quebradas en países que tardaran años en reconstruirse y estar listos nuevamente para crecer, el mundo entenderá que debe buscar caminos de solución a diferencias que no impliquen dolor y destrucción, nunca se repetirá una guerra como esta... – el padre de Malena estaba de acuerdo con Ignacio, lamentablemente no fueron acertados en su pronostico.
El tiempo pasó, como era lógico, y por unos años la vida de Ignacio no experimentó grandes cambios, repartía su tiempo entre sus estudios, Malena y muy rara vez reuniones con el grupo de amigos que cada vez se distanciaban más, la vida siguió y a los 21 años Ignacio era un recién graduado Administrador de Empresas y Negocios, su padre ayudó a colocarlo como asistente en el pequeño negocio de un amigo, lugar donde el novel asistente administrativo se desempeñaba hábilmente y donde pasados un par de años adquirió nuevas responsabilidades las cuales le fueron reconocidas con un incremento en sus haberes.
En 1924, a los 23 años, Ignacio Andrés contraía nupcias con Malena Edelmira del Rosario en la Iglesia del Señor del Socorro, teniendo como padrinos y testigos a familiares de la pareja, la iglesia llena, algunos de sus antiguos amigos presentes incluyendo a Antonio a quien ya le había dicho Ignacio que lo reservaba para padrino de su primer hijo, terminada la ceremonia y luego de la recepción el joven matrimonio se despidió de los asistentes y se dirigió a la elegante caleza que aguardaba por ellos en las afueras del salón para luego partir a la casa que Ignacio acababa de rentar y así consumar el matrimonio.
Los meses pasaron y aunque Ignacio no descubrió magia en su nuevo estado civil si sintió una tranquila felicidad que le daba el estar al lado de una linda y cariñosa mujer y el tener una estabilidad laboral que aunque no le permitía lujos ni excesos en su presupuesto, si le permitía vivir con las comodidades suficientes a que su familia lo había acostumbrado y a la que también estaba acostumbrada su mujer, y sin darse cuenta ya estaba por cumplir su primer aniversario de bodas
Una cierta nostalgia se apoderó de él y sintió la necesidad de salir a caminar sólo, estar consigo mismo y recorrer los lugares que habían sido parte de su niñez, la casa donde creció que hacía ya casi un año había dejado para seguir su propia vida y donde aún vivían sus padres a quienes no dejaba de visitar periódicamente acompañado de su mujer, pasó por su colegio y se decidió entrar un rato, saludó y conversó apenas con uno de sus antiguos profesores que estaba por entrar a clases, salió y siguió su camino por la Avenida Alfonso Ugarte, el sol brillaba, caminaba pensando en lo que era su vida y si en algo se parecía a lo que imaginó cuando aun era niño, sin darse cuenta llegó al Río Rimac, el caudal estaba bajo, no había nadie en sus orillas, únicamente un pescador de camarones que ya se alejaba, y después de pensarlo un poco se animó a bajar, ya a unos metros se quitó los zapatos, las medias, se remangó las bastas del pantalón y caminó a lo largo de la orilla zapatos en mano sorteando las piedras mientras el río murmuraba, ando sin pensar en nada solo observando el agua que corría y cuando se dio cuenta estaba casi a la altura del Puente de Piedra, decidió sentarse un rato y lo mejor que encontró fue una gran piedra cerca del puente a la que le costó domar como asiento dado lo caliente que estaba por las horas de sol, se acomodó y se quitó la camisa, tanto por que ya estaba casi empapada en sudor y porque necesitaba algo para cubrirse la cabeza, sentado ahí difícilmente alguien adivinaría que era un Administrador de Empresas y Negocios venido de una familia de mediana posición económica.
Ignacio estuvo ahí sentado con la vista hacia el río mirando sin mirar por casi un cuarto de hora hasta que los sesos empezaron a calentarse por el calor y le empezó a doler la cabeza, así que decidió regresar, se levantó cogió sus zapatos y se estiró un poco, una media cayó de uno de ellos y al agacharse a recogerla se topó con lo que alguna vez fue un pedazo de cuero y que ahora solo parecían tiras endurecidas casi como madera, -basura- se dijo- pero igual lo movió con uno de los zapatos que tenía en mano, esta se desarmó y debajo quedó una moneda colonial en perfecto estado de conservación con un emblema nítido y letras totalmente legibles, el brillo estaba algo opacado pero era en definitiva el mejor ejemplar de aquella época que nadie había encontrado jamás. Ignacio se agachó y se quedó apreciándola incrédulo sin atinar a recogerla, una sonrisa fue apareciendo en su rostro, tomó la moneda entre sus dedos y de pronto la sonrisa se convertía en una sonora risa que le hizo recordar por un instante el ligero dolor de cabeza que ahora era intrascendente, acercó la moneda para leerla y aunque torpemente acuñada, con el borde y las letras irregulares se notaba que casi no había sido manipulada.
Llegó a su casa deseando darse un baño para luego dedicarse a admirar su feliz hallazgo, deseaba mostrarle a su señora aquella increíble moneda, ella sabía ya bien de aquel anhelo ya casi sepultado, ir luego a su casa enseñársela a sus padres, por supuesto ubicar a Antonio para contarle, estaba seguro que se quedaría atónito al verla y se alegraría por él, aquel suceso sería difícilmente superable, al menos por un buen, buen tiempo. Abrió la puerta emocionado
- ¡MALENA!
Ella bajó corriendo con una gran sonrisa
- ¡AMOR! Tengo algo que contarte –dijo ella
- No creo que sea mejor que lo mío –la desafió él, mientras metía la mano en el bolsillo de su pantalón
- ¿Así?... ¡VAS A SER PAPA!
Ignacio se quedó estático, ella seguía sonriendo, el se mantuvo inmóvil unos segundos y de pronto los ojos se le empezaron a inundar de lagrimas, al igual que su padre le costaba ocultar sus sentimientos y aun sin atinar a moverse sonrió y repentinamente la abrazó con fuerza
- ¡Cuidado! –reclamó ella entre risas-, ¡me vas a desarmar!
Él la soltó y luego tomó su rostro, le dio un sonoro beso en los labios y la miró a los ojos, sonrió y pegó su frente a la de ella
- Te amo, me has hecho el hombre más feliz del mundo
- Y yo soy la mujer más feliz del universo, te amo
- ¿Pero como... cuando lo averiguaste? –preguntó él
- Hace una hora más o menos, tenía mis sospechas desde hacía unos días pero no quería decírtelo hasta estar segura
- Pero... ¡tenemos que celebrar!, ¡contárselo a todos!
- ¡Por supuesto!, pero vamos primero donde mis padres –dijo ella
- Bien, bien, pero rápido, también quiero ver la reacción de mis padres cuando escuchen la noticia -Ignacio la besó nuevamente y volteó para ir al baño
- Oye espera, ¿y que me ibas a contar? –preguntó ella
- Ah ya, después, no es tan importante, voy a bañarme
Pasaron unos días en los que Ignacio le contaba a todo el que podía sobre su primogénito en camino, entre ellos su amigo Antonio
- ¡Hombre!, ¡Te felicito!, conociéndote ya me imagino que no cabes en tu pellejo de contento –observó el amigo
- Imaginaste bien
- Ya debes estar haciendo hasta planes para su futuro
- Solo lo mejor
Charlaron por un buen rato hasta que Ignacio se paró para despedirse
- Bueno tengo que retirarme, aunque suene cursi... quiero estar al lado de mi mujercita
- Sí, sí, te entiendo
Ambos se dirigieron a la puerta, ya ahí Ignacio le dio la mano a su amigo acompañado de una palmada en el hombro y ya afuera alejado unos pasos cuando Antonio iba a cerrar la puerta recordó algo aunque ya no tan importante
- Ah, por cierto, me encontré una moneda de la colonia, la mejor de todas
- ¿Qué? ¿¡QUÉ!?
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