martes, 6 de diciembre de 2011

Relax

      Abel sentía que su necesidad estaba al máximo, que era en verdad el momento de satisfacerla, buscar una chica “de las caras”, -esas rubiecitas que cuestan medio sueldo- se dijo-, tal como se lo venía repitiendo en los últimos días-. “A1” debía ser la calificación, al final creía que se la merecía, había trabajado duro durante aquella campaña y todo había salido muy bien, incluso el jefe lo había felicitado, increíble, el jefe. Sería una excelente forma de empezar su semana de vacaciones, sentía que se lo debía así mismo. Tomó el periódico del fin de semana, había comprado el más caro, se sentó al borde de la alfombra blanca que era unos centímetros más grande que la mesa de centro que tenía sobre ella, contra la cual apoyó su espalda, se acomodó y abrió el periódico en el piso buscando los avisos clasificados en la sección Relax, tenía una idea bastante clara de lo que quería encontrar, empezó a recorrer con su dedo índice una a una las pequeñas cuadriculas que encerraban aquellos llamados al libido:
Alexa... Alina... Bárbara... Carla... Daphne..., no, no encontraba lo que buscaba, su dedo bajaba y luego pasaba a la siguiente columna para repetir la operación,  Shirley... Tamara..., más interesantes pero no, ya se acababan los nombres, Uma... Vivian, ¡Sí! Ella era, recorrió rápidamente el resto de avisos leyéndolos apenas para dedicarse por completo al que había llamado su atención, bla... bla... bla...Wanda... Wendy... X... Y... Z, listo, de nuevo a Vivian.

Vivian. Bellísima Sueca (20) cuerpo perfecto ¡Espectacular!, 100% Gym, rostro hermoso, rubia natural ojiazul realmente preciosa, ¡datos reales! nivel A1, solo diplomáticos y ejecutivos, telef...

Cogió el teléfono celular bastante nervioso y ansioso por escuchar la voz al otro lado de la línea, la pantalla indicaba batería baja, marcó.
Cada timbrada seca lo ponía aún más nervioso, ¿cómo sería su voz, su acento?, trrr... trrr..., ¿voz dulce como de quien sabe que su interlocutor necesita alquilar algo de amor?, o totalmente fría como de quien ofrece un arma en venta, trrr... trrr... había que tragar la saliva para poder hablar claro y no mostrase nervioso.

   -      Aló...
   -      ¡Si Aló!, ¿Vivian?, llamaba por el aviso
   -     Sí, el servicio es doscientos cincuenta dólares la hora, el departamento queda en San Isidro, por el Golf.

La voz era promedio, nada especial, como tantas otras que había escuchado tiempo atrás, y el acento definitivamente peruano.

   -     Disculpa, ¿tu eres sueca?
   -     No, yo no soy Vivian, yo contesto sus llamadas, ella no habla español.
   -     Aaah, bueno... eeh... ¿cómo es ella exactamente?
   -     Como dice el aviso.

La voz desanimando era inclemente, cual contestadora automática no mostraba ni un ápice de animo.

   -     mmm... pero eeh... no sé, ¿cuánto mide?
   -     Como uno ochenta
   -     ¿Y... es cariñosa?
   -     
   -     ¿Y como es su servicio?
   -     Bueno

Y bueno, ¿qué decidir?, había poca información, normalmente las chicas daban todos los datos posibles y si se les preguntaba algo trataban de dar la mayor cantidad de detalles, incluso exageraban, a veces demasiado, al final y al cabo la competencia era dura, pero, ¿cómo confiar en aquella voz a la que parecía importarle muy poco que uno aceptara o no el servicio?. Era como si hiciera un favor con sólo contestar, era como un “tómalo o déjalo”, lo mínimo que esperaba por lo que cobraban era un trato mucho más amigable. En verdad la tarifa era más de la mitad de su sueldo, acercándose más bien a la totalidad fuera de las comisiones, y la comisión que había obtenido ese mes le había costado mucho esfuerzo, pero estaba decidido, solo que había que analizar la elección con más detenimiento.

   -     Bien, voy a hacer unas cosas y cuando quede desocupado vuelvo a llamar para quedar, ¿ya?
   -     Ya
   -     Chau.

Realmente quería “atenderse” ese día, y ya se había hecho ilusiones rápidamente con ese anunció, pero que tal si la chica no era lo que él esperaba, si era tan fría como su recepcionista, y no tan bella como querían hacerle creer, no quería tener sentimiento de culpa al día siguiente por haberse gastado esa pequeña fortuna en algo intrascendente.

   -   Piensa, piensa... –se dijo-. Espera un momento, no es un hotel, es un depa, llego, y si no me gusta, invento algo, me doy media vuelta y me largo sin perder un sol... o un dolar.

Total, ya lo había hecho antes en una oportunidad pero en mucho menor nivel.

   -     Claro, eso es.

El teléfono celular sonó indicando que la batería estaba casi descargada, conectó el cargador, marcó nuevamente el número

   -      Trrr... trrr... trrr
   -       Alo...

Se encontraba en camino en un taxi, quería estar ahí ya, no quería perder tiempo en una combi, deteniéndose en todos los paraderos, su mente ya se encontraba en el lugar solo faltaba que llegara su cuerpo. El taxi corría y aun así en el interior no se percibía la velocidad salvo por la vista de los edificios que eran dejados atrás rápidamente, era un carro moderno con un perfumador de olor inidentificable pero relajante colgado en el retrovisor.
La zona era bonita y llena de edificios lujosos, - ojalá sea por aquí- pensaba. El taxi bajó la velocidad y se detuvo.

   -      Esta es la cuadra dos, ese es el número -el taxista señaló un edificio-

Pagó y se bajó del vehículo, tomó el papel con la dirección, lo miró y levantó la vista para ver el número del edificio que tenía delante de él, sí, definitivamente ese era. Aspiró hondo, movió los brazos como intentando relajarse, miró la puerta de vidrio en la que se reflejaba su imagen, levantó la vista hacia los pisos superiores y la bajó, clavó la mirada en aquel reflejo que le devolvía la puerta y tomó una bocanada de aire, miró el intercomunicador en la pared y se acercó.

   -      ¿Si?
   -      ¿Vivian?
   clang clang -se abrió la puerta

Su corazón latía a mil, creía que hacía retumbar las paredes de aquel moderno ascensor y que de entrar alguien más en el podría escuchar sus latidos, pero no, en ese viaje de subida él era el único pasajero. Se revisaba rápidamente en el espejo, y aunque era consciente que su dinero era lo único que importaba ahí, igual se arreglaba el cabello para estar más presentable que nunca, cuando el ascensor sonó y se abrió la puerta, el diez estaba encendido, miró el número de piso y caminó hacia afuera a un pequeño pasadizo que terminaba en una puerta a cada extremo.
Un hombre de rasgos orientales, chino, o al menos eso le pareció pues creía poder diferenciar la procedencia de un asiático por los rasgos, cruzó a su lado dirigiéndose al ascensor, miró a Abel sin ponerle mayor atención y entró, Abel abrió el papel doblado en su mano y escuchó cerrarse la puerta del ascensor detrás de él, vio el número del departamento anotado en el papel y dirigió la mirada hacia la puerta a la izquierda del pasadizo, ese era el número, se acercó a la puerta, desde adentro sonaba, apenas audible, una balada en castellano, respiró hondo y tanteó los billetes que había separado en el bolsillo de su pantalón, tocó la puerta.

Una mujer mestiza de mediana edad abrió la puerta

   -      Hola soy Abel, vine por...
   -      Shhh... sí, sí, pasa

Apenas atravesó el umbral de la puerta ésta fue cerrada con fuerza, la música sonaba algo fuerte ya adentro

   -      El pago es por adelantado
   -      Aah... pero... quisiera ver primero a la chica, a Vivian

La mujer dudó un momento

   -      ¡Lucho!

Un hombre de cerca de dos metros de altura de gran complexión que parecía sacado de alguna serie de lucha libre americana apareció al instante, miró a Abel como listo a recibir una orden para proceder a partirlo en dos.

   -      ¿Qué pasó?
   -      Revisa al joven que no lleve nada raro encima, va a pasar a ver a Vivian

El hombre tanteó a Abel desde los hombros hasta las pantorrillas sacudiéndolo como un niño en cada palmoteada de la revisión.

   -      Limpio
   -      Ya, espérame acá un momento –le dijo al grandulón-
   -      Por acá –le dijo a Abel sin cambiar el rostro adusto-

Abel se encontraba casi en shock, empezó a sentir algo de miedo, solo atinó a seguir a la mujer sin decir nada.

Atravesó lo que sería la sala comedor del departamento que sólo tenía dos sillones y una pequeña mesa con algunas revistas, una gaseosa y envolturas arrugadas de galletas, la mujer abrió una puerta y miró a Abel.

   -      Ahí está, mírala

Abel se asomó, vio a una mujer sentada en la cama, su cuerpo era bellísimo, casi irreal, hasta donde podía ver por la posición sus medidas eran perfectas, tenía la cabeza agachada y dejaba ver sólo su cabellera rubia casi dorada iluminada sólo por un pequeño rayo de sol que consiguió pasar entre las cortinas cerradas color crema, estaba ataviada con lencería blanca que atenuaba lo claro de su piel pero acentuaba algo lo rosáceo, ya no le importó a Abel si al levantar el rostro no fuera agraciada, incluso con algún defecto casi repulsivo, sus formas justificaban con creces la “tarifa”, sus muslos torneados, su pequeñísima cintura que daba la impresión de poderse rodear solo con las manos tocándose las yemas de los dedos, sus senos generosos y de forma perfecta. Ya casi saboreaba aquella piel tibia o quizá algo fría por aquella diminuta prenda, imaginaba su roce, sus manos recorriéndola y apretándola, ya veía que el tiempo le quedaría corto para todo lo que se le ocurriría. La mujer que lo guió dijo en voz alta: ¡Vivian!, y Vivian levantó la mirada directamente hacia Abel. Abel se olvidó del mundo, salvo ella todo lo demás desapareció.

Era como si ella lo hubiese inmovilizado con la mirada y él no pudiera moverse hasta que ella decidiera bajar el rostro, era como encontrar algo que no sabía que estaba buscando pero que le era más necesario que el aire y que desde el momento de encontrarlo estaba seguro que no podría vivir sin ello, sintió que a partir de ahí empezaba una nueva etapa de su vida y que él ya no sería el mismo.

Abel jamás hubiera podido imaginar que existiera un rostro como aquel, que fuera posible, que un conjunto de facciones pudiera formar aquella perfección y que unos ojos de tal color y profundidad pudieran mirar a los suyos un día, ni sus sueños hubieran sido capaces de elaborar tal belleza, sin embargo ella existía.

La joven bajó el rostro y él fue nuevamente dueño de su voluntad, no sabía cuanto tiempo había pasado ni se acordaba de porqué estaba ahí, sus ideas estaban desordenadas.

   -      ¿Está bien? –preguntó su guía-
   -      Sí, sí... sí, sólo me... distraje
   -      No, me refiero si te parece bien la chica

Abel aspiró hondo

   -      Sí... – respondió casi susurrando-
   -      Son doscientos cincuenta dólares

En aquel momento la tarifa le pareció ridícula, hubiera pagado con todos los ingresos que percibiría durante el resto de su vida sólo por repetir la experiencia de aquella mirada.

Metió la mano al bolsillo y sacó los billetes que en ese momento no le parecieron más que tres papeles sin valor.

   -      Tienes una hora, no intentes hablar con ella, no habla español pero sabe bien lo que tiene que hacer.

La mujer cerró la puerta y la música se escuchó ya mucho más bajo, él se quedó parado mirando aquella belleza, sentía la necesidad de estar ya a su lado pero al mismo tiempo no quería perder aquella vista, pese a su “trabajo” se veía tan inocente, la contemplaba y ella no parecía estar apurada por moverse y no volvía a levantar la mirada, aquella mirada...

Se acercó lentamente, y quedó a su alcance aquel cabello hilado en oro que casi cegaba donde el rayo de luz caía, se agachó delante de ella para verla directamente a los ojos y ella movió la cabeza hacia un lado, aún así podía ver esos ojos azules con la mirada fija en una esquina de la habitación, más bellos que cualquier piedra preciosa y tan profundos que uno podía perderse en ellos.

El rostro que contenía esos ojos era increíblemente hermoso, aun libre de todo maquillaje, sus cejas eran como dibujadas por el artista más inspirado, su nariz pequeña y aún así del tamaño justo, le daba un aire de elegancia y fineza, sus labios denotaban dulzura y a la vez tanta sensualidad que uno no sabía si preferían ser besados apasionadamente o rozados delicadamente para ser apenas tocados por un tierno beso.

Abel no percibió ningún perfume atosigante sino más bien el aroma de su piel que solo podía describir como amable, tocó la mano de la joven y al sentir su piel tibia una corriente recorrió su cuerpo. Ella movió los dedos como queriendo responder al cariño pero se contuvo y se paró casi de un salto, volteó luego para dirigirse lentamente hacia un pequeño velador cerca de la ventana. Al caminar daba la impresión de ser una increíble escultura en movimiento, podían verse sus muslos tensándose y distendiéndose mostrando una espléndida separación muscular, casi irreal, así como una espléndida definición, como si hubiera sido revisada por el artista desde todos los ángulos sin dejar un solo detalle que tallar hasta que alcanzara la perfección y guardara a su vez armonía con el conjunto, aquella magnífica armonía. Al llegar a la mesa abrió un cajón, él aún en cuclillas cuando creía no poder ser más cautivado lo fue, viendo su silueta dibujada a contraluz delante de aquellas gruesas cortinas y acompañada a un lado de aquel intenso rayo de luz que se filtraba desde arriba y que un momento antes reposó en su cabello. Cómo pudiera inmortalizar aquella visión.

La joven volteó y se acercó a Abel con algo en la mano, se echó boca arriba y estiró la mano hacía él mostrándole lo que tenía en ella, era un preservativo, él lo recibió y la miró, ella se quedó mirando el techo con las manos sobre el pecho.
Abel miró el preservativo en su mano, había olvidado el motivo de su visita a aquel lugar, sin embargo aquello ya no encajaba ahí, hasta unos segundos antes el momento había sido tan romántico, casi mágico, que hasta pareció haber sonado una suave música de fondo, y no la de la radio, colocó el preservativo sobre la cama y se sentó al lado de ella contemplando su rostro.

Estuvo varios segundos así, hasta que suspiró y habló

   -      Eres tan bella, si tan sólo me entendieras...

Y casi sin pensar agregó

   -      You’re so beautiful...

Ella tragó saliva y él bajó la vista a su garganta cuando ésta se movió, su cuello era tan delicado y hermoso como todo en ella.
Se decidió a tocarla, estiró su mano hacía su rostro y le acarició muy suavemente la mejilla con el dorso de sus dedos, a Abel le pareció por un momento ver húmedos sus ojos, acercó lentamente su rostro al de ella y la besó en la mejilla muy tiernamente, en ese momento los labios de ella se movieron pegados a su oreja

   -      Help me –dijo susurrando tan bajo que apenas Abel pudo escucharlo-

Él levantó rápidamente la cabeza y la miró, una lágrima brotaba de su ojo izquierdo y resbalaba rápidamente por su sien colándose en su cabello

   -      ¿Qué? –preguntó él en voz baja-

Ella instantáneamente le puso los dedos sobre los labios mirándolo fijamente con la cabeza un poco levantada mientras otra lagrima caía lentamente esta vez del otro ojo recorriendo su mejilla.

  -     Ayuda, por favor –dijo esta vez tan bajo que él entendió más por el movimiento de sus labios-

Las ideas se mezclaron nuevamente en la cabeza de Abel, no entendía que pasaba, pero si sabía que ella sufría mucho y que esas lágrimas le acababan a él de retorcer el corazón y el alma.

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